6/04/2009

Experiencias swinger


En esta ocasión escribiré sobre un par de capítulos de mi experiencia swinger. Por "swinger" entenderé intercambio de pareja, es decir, acostarme con la esposa de alguien con su consentimiento.

El mundo swinger está lleno de interesantes relaciones. Es fascinante poder presenciar cómo funcionan estas parejas en un nivel tan íntimo. Me da la oportunidad de involucrarme con ellos y de comprender su relación desde puntos claves, como un testigo que experimenta parte de su dinámica y de sus conflictos.

Empezaré por una experiencia bastante curiosa y superficial. Después de contactar con una chica a través de un anuncio y de hablar con ella por teléfono acerca de lo que buscábamos, quedamos en vernos en un hotel. Pagué, pues, la habitación y la esperé allí como convenimos. Después de un tiempo, llamó a la puerta. Entró, nos saludamos y nos sentamos en la cama. Inmediatamente, sacó su móvil y me indicó que iba a llamar a su esposo para avisarle que había llegado y que todo estaba bien. Así lo hizo, pero no colgó. Su juego era que tuvieramos sexo y que su marido puediera escuchar mientras se masturbaba en su oficina. ¿Cómo fue la relación? Fue una cosa muy simple, práctica y relativamente rápida. Nos calentamos un poquito, ella se acomodó rápidamente sobre mí, se metió mi pene, estuvimos dándole así un rato, tuvo un orgasmo, se repuso y se puso a hablar con su esposo: "Ya me vine. Escuchaste. Terminé antes que él...". Colgó, platicamos un poco de cómo conoció a su marido, de sus experiencias swinger, de esto y de lo otro, y nos aprestamos a repetir. Por supuesto, volvió a llamar a su marido. En esta ocasión hasta yo hablé con él: "Hola, ¿cómo estás? ¿Te gusta cómo follo a tu esposa?". Como experiencia fue bastante divertida; como polvo fue bastante mediocre. No nos volvimos a ver. Fue un juego entretenido e inofensivo; uno de esos pasatiempos intrascendetes que le dan un poco de variedad a la rutina; como ver una comedia en el cine o algo similar. Lo recuerdo con una sonrisa.

Este tipo de juegos, en apariencia inocentes y sin consecuencias, sin embargo, no son la regla en el mundo swinger en el que me movía. Si todo fuera así, sería como disneyland para adultos. Pero no es tan fácil. Muchas parejas tienen necesidades más profundas que resolver. Es el caso de una mujer con la que me estuve viendo por un año. El sexo entre ella y su esposo se había vuelto tedioso. Cuando me tocó compartir una sesión con ellos pude corroborarlo. Todo era mecánico, se había perdido la excitación. Físicamente era placentero, se conocían bastante bien, pero la energía y afectos invertidos eran ridículos. Y ella no necesitaba una máquina de follar superdotada ni un experto que conociera a la perfección sus zonas erógenas; lo único que requería era un poco de pasión, alguien que se involucrara algo más. Ella sabía cómo llegar al orgasmo fácilmente cuando lo quería; de hecho, no era necesario que yo hiciera algo (me quedaba quietecito y ella hacía el resto). La diferencia era la parte afectiva, no la física. Podíamos pasar la noche entera sin follar; sólo abrazados, besándonos.

Su matrimonio se ha ido deteriorando paulatinamente. Ambos buscan a otras personas para tener sexo constantemente, pero cada vez comparten menos. El hecho de que conmigo encontrara cierta química me hizo motivo de discordia. Desean, por el bienestar de su familia, arreglar la situación, pero a la vez no consiguen reencontrarse sexualmente y siguen buscando como swingers la satisfacción que les falta.

Detrás del carácter aparentemente lúdico de las relaciones swinger hay más de lo que muchos estamos dispuestos a reconocer. Visto superficialmente, a la luz de una o dos experiencias efímeras, parece estar todo bajo control y resulta incluso divertido, risible. Sólo es cosa de escarbar un poco para saber que allí hay una relación de pareja que tiene problemas para funcionar como tal.

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